jueves, 21 de junio de 2007

“La literatura motor del progreso"


Señaló también que las dictaduras siempre han intentado cierto control en el quehacer literario.
Quito.


EFE.


Vargas Llosa ensalzó la buena literatura.El escritor peruano Mario Vargas Llosa defendió en Quito la literatura como "algo que transforma íntimamente nuestras vidas" y que sirve de motor al "progreso" y "la libertad".
En una conferencia sobre "La literatura y la vida" ante más de dos mil personas que abarrotaban el Teatro Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Vargas Llosa recordó que "no hay una sola dictadura en la historia que no haya intentado poner cierto control en el quehacer literario".
Para las dictaduras, la literatura es "una actividad peligrosa, potencialmente díscola y sediciosa", y por eso han establecido "sistemas de control y censura para la actividad literaria", señaló el escritor, autor de La ciudad y los perros. A las personas díscolas, inconformes y descontentas, en su opinión, les "debe la humanidad el progreso", pues indicó: "Si no hubiésemos sido capaces de imaginar otra vida, seguiríamos en las cavernas".
"La literatura nos induce siempre a desear más y vivir mejor de lo que vivimos" y nos lleva a una postura de "descontento y rebeldía", que ha servido al ser humano para inventar la libertad, dijo el novelista peruano.
"En todos los aspectos de la vida, la buena literatura nos ha hecho más libres", insistió Vargas Llosa, para quien, "gracias a esa actitud, existe la democracia, el sistema que ha sabido mejor, a lo largo de toda la historia, hacer convivir a los hombres y mujeres a pesar de sus grandes diferencias". Para él, "nada como una gran obra literaria para despertar en nosotros un sentimiento de fraternidad y solidaridad" con el resto del mundo, lo que sirve para combatir "todas esas variantes de la estupidez que son el racismo, la xenofobia, los prejuicios sociales, raciales, culturales y sexuales".
Por estos motivos, entre otros, Vargas Llosa recalcó que la literatura no es "una actividad prescindible", sino que "aporta algo mucho más duradero y profundo, algo que transforma íntimamente nuestras vidas".
Por otro lado, Vargas Llosa vaticinó que en el futuro la cultura, la literatura y las artes adoptarán "un mundo fundamentalmente femenino, porque las mujeres han asumido la responsabilidad de mantener viva la literatura y la cultura".
"En nuestro tiempo, las mujeres leen mucho más que los hombres", señaló el novelista peruano al basarse en encuestas, por lo que agregó: "Lo siento por los hombres, porque creo que prescindir de la literatura constituye una extraordinaria merma intelectual y vital".


Asunto de biógrafos
Durante su estancia en Quito, en declaraciones a la emisora Telemazonas, Vargas Llosa confesó que tiene un "pacto tácito" con el escritor colombiano Gabriel García Márquez, por el que ninguno de los dos habla del otro, motivo por el que no han revelado por qué se enemistaron. Por esa razón, han dejado a los biógrafos averiguar qué pasó entre ellos el 12 de febrero de 1976, cuando, tras un incidente violento en la ciudad de México, acabaron con su amistad. También señaló a Teleamazonas que no piensa en el Premio Nobel, pues los escritores que "viven pensando en el Premio Nobel, se vuelven malos escritores". Vargas Llosa fue declarado Huésped Ilustre de Quito.


El dato
ASEDIO CRÍTICO. El estudioso literario peruano José Miguel Oviedo acaba de publicar Dossier de Vargas Llosa, (Ed. Santillana), una selección de sus escritos sobre el autor de La ciudad y los perros. El libro se presentará el próximo lunes en la Casona de San Marcos.

2 comentarios:

e dijo...

Este artículo me gustó bastante de este autor:


¿Y el hombre dónde estaba?
MARIO VARGAS LLOSA

08 de abril de 2007

En el año 1944, en Dacca, Bengala, entonces todavía parte de India, un niño de 11 años vio llegar arrastrándose al jardín de su casa a un hombre malherido que pedía agua. Se llamaba Kader Mia y era un operario musulmán miserable que, pese a los desórdenes y matanzas que ensangrentaban la ciudad, había salido a trabajar para poder alimentar a su familia. Lo lincharon en la calle fanáticos hinduistas por el único delito de ser musulmán, así como muchos musulmanes fanáticos degollaban en los barrios de Dacca a los hinduistas que encontraban en su camino. Kader Mia falleció en los brazos de aquel niño y su padre cuando éstos trataban de llevarlo a un hospital.
Amartya Sen, el niño de mi historia, nunca olvidó aquel episodio de su infancia ni las matanzas de cientos de miles de personas que ocurrieron aquellos días en India por la guerra religiosa desatada entre hinduistas y musulmanes que culminaría con el desmembramiento del país y el nacimiento de Pakistán, país que, años más tarde, se desmembraría a su vez por luchas despiadadas entre los propios musulmanes, por razones étnicas y regionales, a causa de las cuales nacería Bangladesh. Desde aquel entonces, el futuro economista y filósofo galardonado con el Premio Nobel de Economía y uno de los pensadores liberales más lúcidos de nuestro tiempo aprendió a desconfiar de esas categorías colectivas —religión, raza, nación, lengua, etcétera— que pretenden definir de manera concluyente lo que es un individuo y a ver en esa "minimalización del ser humano", como la llama, a la corta o a la larga, una semilla de violencia y de crimen.

"¿Y el hombre dónde estaba?", dice uno de los versos del Canto general de Neruda que recuerdo desde la primera vez que lo leí, de adolescente. Es la pregunta que parece hacerse Amartya Sen en cada una de las páginas de su último libro, Identity and Violence. The Illusion of Destiny, recientemente publicado en una Inglaterra que he encontrado —vuelvo después de casi ocho meses— removida, desde las bombas terroristas de julio de 2005, con debates y dilemas sobre los temas del multiculturalismo y la existencia en el suelo británico de comunidades de razas, lenguas, culturas y credos diferentes. En efecto, ¿dónde están el hombre y la mujer singulares y concretos, de carne y hueso, en esas abstracciones en que los disuelven los teorizadores, políticos y clérigos colectivistas para quienes la credencial definitiva y determinante de un individuo es su pertenencia a un colectivo? Disueltos, desaparecidos, regresados brutalmente a la condición tribal, a ser sólo piezas desechables del ente gregario, de modo que así puedan ser mejor odiados o endiosados.

Aunque su libro sea una refundición de conferencias y textos escritos para todos los rincones del mundo, y por momentos resulte algo repetitivo, se trata de un ensayo apasionante, valeroso y polémico, que trata de hacer prevalecer el análisis racional y la sensatez intelectual sobre los actos de fe, los prejuicios y las pasiones políticas que generalmente enturbian toda discusión sobre la identidad, el multiculturalismo, la globalización y la nacionalidad en nuestros días en un mundo que, desde los terribles atentados terroristas de Nueva York, Washington, Madrid y Londres, se siente inseguro y confuso sobre aquellos asuntos y al que, sobre todo, el fenómeno de una inmigración creciente e inatajable de personas de confesión musulmana ha llenado de prevenciones y suspicacias.

Amartya Sen recuerda una y otra vez, con ejemplos al alcance de la inteligencia más elemental, que todo ser humano es muchas cosas a la vez y que tratar de encajonarlo en una "pequeña cajita" —por ejemplo, su religión, su raza o su lengua— es desnaturalizarlo totalmente y condenarse a no entenderlo. Todos pertenecemos a muchas colectividades y esa múltiple pertenencia, a la vez que nos acerca y emparenta con un vasto sector, nos va diferenciando y alejando de otros (de los que también somos parte). De este modo surge nuestra identidad, en razón de una combinación muy compleja, y en cada caso diferente, de circunstancias que nos son impuestas y elecciones libres con las que confirmamos o rechazamos lo que se nos viene dado por nacimiento, familia o educación, y optamos por algo distinto. Las identidades colectivas suprimen mediante una reducción arbitraria aquellas matizaciones y ven en los seres humanos no criaturas soberanas, con derechos y deberes inherentes a su individualidad, sino productos seriales, idénticos entre sí, privilegiando una sola de sus características —por ejemplo, ser negro, musulmán, cristiano, blanco, budista, vasco, judío, etcétera— y aboliendo todas las demás. Ese descuartizamiento de la humanidad en bloques rígidamente diferenciados es peligroso, porque alienta el fanatismo de quienes se consideran superiores —el pueblo elegido, la raza pura, la verdadera religión, la clase redentora, la nación ejemplar— y los autoriza a ejercer la violencia sobre los otros. Es además una distorsión profunda de la realidad humana, sobre todo en la época moderna, una de cuyos grandes logros es justamente haber abierto mucho el espectro de opciones entre las que el hombre y la mujer pueden, mediante un libre ejercicio de su libertad, decidir ser diferentes del grupo, secta, comunidad o colectivo del que proceden. La identidad no es una condición metafísica, estática, sino una realidad viva y, por lo tanto, en permanente proceso de recreación.

Yo soy un buen ejemplo de ese crucigrama de pertenencias y rechazos que, como dice Amartya Sen, constituyen la identidad de un individuo, para mí la única aceptable. Peruano, latinoamericano, español, europeo, escritor, periodista, agnóstico en materia religiosa y liberal y demócrata en política, individualista, heterosexual, adversario de dictadores y constructivistas sociales —nacionalistas, fascistas, comunistas, islamistas, indigenistas, etcétera—, defensor del aborto, del matrimonio gay, del estado laico, de la legalización de las drogas, de la enseñanza de la religión en las escuelas, del mercado y la empresa privada, con debilidades por el anarquismo, el erotismo, el fetichismo, la buena literatura y el mal cine, de mucho sexo y tiroteo. ¿Se agota lo que soy en esa pequeña enumeración en la que, a simple vista, abundan las incoherencias y contradicciones? No. Podría llenar todavía varias páginas más mencionando todo lo que creo ser y no ser y estoy seguro de que siempre se me quedarían muchas cosas en el tintero. Cada una de ellas me solidariza con buen número de personas y me enemista con otras tantas y de toda esa amalgama de tensiones y fraternidades, que nunca se aquieta, que está siempre rehaciéndose, resulta mi identidad, la única en que me reconozco. Todo el mundo podría decir otro tanto de sí mismo, si se examina con imparcialidad.

Amartya Sen reconoce, desde luego, que uno de los rasgos de una persona puede, en ciertas circunstancias, convertirse en esencial. Ser judío en la Alemania nazi, por ejemplo, o ser negro en la Sudáfrica del apartheid, reducía a una persona a ser sólo eso, a los ojos de los victimarios racistas, para poder matarla o discriminarla con buena conciencia. Ser gay entre homófobos o ateo entre creyentes fanáticos obliga a una persona a privilegiar esta condición sobre las otras, ya que ella lo convierte en un marginal y a veces en un perseguido. En todos estos casos son los otros, por su intolerancia y sus prejuicios, quienes imponen aquella reducción de la complejidad y diversidad que es todo ser humano, para hacerle sentir, al que se diferencia del rebaño, su rechazo o su odio.

El profesor Sen —indio de nacimiento, inglés de formación, profesor a caballo de Harvard y de Cambridge, ciudadano del mundo por vocación— critica en su libro a los gobiernos que, como el británico y el francés, con las mejores intenciones, han convertido en personeros e interlocutores de las comunidades de inmigrantes musulmanes, a los líderes religiosos. ¿No es ésta, también, se pregunta, una manera de confinar a los inmigrantes en una de esas cajitas gregarias donde son desindividualizados y transformados en masa? Si se quiere que los inmigrantes se integren a las sociedades occidentales lo peor que se puede hacer es entregarlos atados de pies y manos a esos clérigos entre los que, a menudo, figuran los islamistas más intolerantes y opuestos a toda forma de asimilación.

Estoy casi en todo de acuerdo con los sólidos argumentos de Amartya Sen. Salvo en uno. Para él, ni siquiera la cultura, en su vasta acepción —las tradiciones, la lengua, los usos y costumbres— constituye un obstáculo considerable para que una persona singular pueda elegir su soberanía optando por opciones totalmente ajenas a su comunidad. Sin duda, ése es el ideal, que la libertad pueda ejercitarse por todos y de modo tan radical. Pero me temo que no sea así y que, en muchos casos, el factor cultural constituya un obstáculo mayor para que un hombre o una mujer puedan romper con la tiranía de la tribu. No es imposible que lo consigan pero el precio puede ser muy alto. Aconsejo a quien lo ponga en duda que lea la autobiografía de Ayaan Hirsi Alí, Infidel, donde narra la heroica aventura que fue para ella emanciparse de la opresión religiosa y cultural y conquistar su libertad. Me entusiasma que los dos ensayos más importantes recién aparecidos en Occidente sobre la cultura de la libertad los hayan escrito un indio y una somalí.

Mario Vargas Llosa es escrito peruano.© Mario Vargas Llosa, 2007© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, S.L

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saludos

Gonzalo Del Rosario dijo...

Mario Vargas Llosa es uno de los autores con los cuales empecé a descubrir el mundo de la literatura.
Mi viejo tiene toda su colección, entonces me he leído gran parte de su obra, sin embargo todavía estoy en deuda con lo mejor de Varguitas.
Siempre será noticia cada declaración suya, y lo más saltante es cuando autores de otros países lo toman como referente imprecindible; y aquello es algo que a toda esa sarta de envidiosos que siempre lo maletean, le debe llegar profundamente.